niño saltando en la playa justo en el atardecer

Los secretos que esconden una mesa de hostel

 

 

Niño saltando en la orilla de la playa

 

En un hostel puedes imaginar de todo. La vida pobre. La vida nómada. Habitaciones compartidas repletas de personas con todo y nada en común. Muchas nacionalidades conviviendo en unos metros cuadrados.

Personas que solo están de paso, para una noche, otras que desean convertirlo en hogar aunque sea una semana. Un espacio que no les pertenece pero que es seguro para descansar la mente y el cuerpo. Botas desgastada y mochilas pesadas repletas de historias y sueños.

Habitaciones invadidas de un olor característico. El fuerte olor de crema para los dolores musculares. La gran mayoría sufre, en silencio. Muchos kilómetros caminados, muchos pueblos descubiertos y culturas enriquecidas. Un camino en pareja, personal, en grupo. Todo mochilero sabe que en el camino nunca estará solo, eso es lo interesante, es lo más importante.

Al caer la noche, la cocina del hostel se llena de vida. Para muchos es la comida más abundante del día. Nada de extravagancias. Lo más económico. Arroz en abundancia y con suerte algo de fruta.

Con el plato lleno y el estómago vacío, todos se sientan alrededor de la mesa principal. No importa quien esté a tu derecha o a tu izquierda. El camino te ha enseñado a compartir. Tu comida, tu bebida, tu picoteo e incluso el mate puede ser compartido. Y aparece esa sonrisa común. Con el tiempo has aprendido a entablar conversación con los que te rodean como algo natural, no hay titubeos, conocer a las personas que comparten ese momento contigo es increíble y es uno de los mejores momentos del día. Lo tienes todo. Un techo, una comida y compañía por descubrir.

Empiezan las primeras preguntas “¿De dónde eres? ¿Cuánto tiempo llevas en este país? Luego ¿A dónde irás?”. Una cualidad de todo mochilero es la incertidumbre, muchos saben dónde irán en los próximos días pero hay muchos que aún lo están decidiendo. No hay prisa, el camino se abrirá, no pasa nada si no existe una programación, ahí reside la magia. Recibes con los brazos abiertos todo lo que pueda llegar y los lugares nuevos que puedas visitar. A veces una descripción o una recomendación de un lugar es suficiente.

Esa noche, entre conversaciones, todos en la mesa nos escuchábamos. Explicábamos porqué nos habíamos hecho mochileros. Por turnos hablábamos, cada uno a su ritmo y a su manera, unos contaban la explicación corta y rápida, otros entraban en detalles pero nadie tiene prisa, escuchar es un don y ante experiencias como estás, dedicar tiempo a escuchar es todo un aprendizaje.

Uno de nuestros compañeros de mesa venía desde Brasil. Llevaba 30 años como mochilero viajando por el mundo con el mínimo presupuesto. Tenía la piel curtida por el sol, un pelo fuerte de color negro y una barba de varios días, larga pero cuidada. Sus ojos…. ¡Sus ojos derrochaban toda la paz del mundo! Tenía la mirada limpia y energética. Y su voz era tan dulce que tenía el don de teletransportarte con él a todas las historias que nos contaba. Era todo un profesional de la acupuntura y así se ganaba el dinero, dando clases de acupuntura en diferentes partes del mundo ¡Imaginen sus conocimientos! Y ahí estaba, en una casa de mochileros, absorbiendo cada instante.

Nos contó que hacía años fue jefe en una empresa. De estos de chaqueta y corbata por protocolo. Que trabajaba de seis de la mañana a ocho de la noche. Muchas responsabilidades, mucho trabajo, muchas personas a su cargo, mucha falta de vida. Nos contó que en un momento se pidió unas vacaciones y fue a China ¡Y todo cambió! A su vuelta se prometió no trabajar para vivir. Tomó decisiones. Redujo considerablemente las horas de trabajo y su puesto laboral. No obstante, algo en su corazón había cambiado desde aquel reciente viaje y un día, hizo del valor su mejor ropa y se fue de mochilero por el mundo ¡30 años había pasado desdes esa decisión!

Nos confesó que lo ha pasado mal pero también muy bien. Nos comentó que trabajaba como maestro acupuntor y con el dinero que ganaba alargaba todo lo que podía su vida como mochilero. En sus pertenencias no se veía nada de valor, pero abrazaba como si fuera oro dos libros que leía cada noche.

Nosotros, iniciantes mochileros, queríamos hacerle miles de preguntas y estamos seguros que él lo sabía, por eso, nos repitió varias veces la misma frase que en los días duros nos ha servido de mucho. A él solo lo conocimos de una noche pero su mirada y sus palabras sabias van a resonar en nuestras cabezas eternamente “Siempre va a ir a mejor. Siempre. Aunque creas que es lo peor que te está pasando. Siempre va a ir a mejor. Todo está aquí” Y con su sonrisa en los ojos se señalaba la sien. “Todo está en la cabeza. Siempre irá todo a bien”.

Otro de los muchachos al escuchar estas sabias palabras, se animó a contar porqué se había hecho mochilero. Hacía dos años tuvo un terrible accidente de tráfico. Estuvo dos meses en coma, muchos huesos rotos y con pocas probabilidades de acabar en final feliz. Pero despertó. Todo había cambiado para él. Pasó de ser un joven seguro de sí mismo con un futuro sin limitaciones a verse con secuelas después del accidente. Quedó impedido totalmente de su brazo izquierdo. Todo lo sucedido lo llevó a una depresión muy oscura durante casi un año. Ahora está renaciendo. Sintió la necesidad de hacerse mochilero para reencontrarse, demostrarse que puede valerse por sí mismo, que a pesar de todo, nada ha cambiado: Sigue siendo fuerte, independiente y valiente.

Todos lo escuchábamos con empatía. La vida te puede cambiar en un solo segundo. Podías sentir cada una de sus palabras. Su accidente, el coma, la depresión… Todo expresado con una sonrisa porque era pasado. Un pasado superado y fortalecido. Se hizo el silencio cuando terminó su historia.

Segundos después, cuando el silencio no podía ser mayor, la voz dulce, con acento brasileño y llena de sabiduría de nuestro compañero nómada dijo:

– Tú has tenido que morir para vivir.

Los dos se miraron profundamente, el resto mirábamos como si estuviésemos en un momento casi privado entre dos grandes personas. Se sonrieron, de esas sonrisas verdaderas. De esas que aparecen solo cuando sabes lo realmente agradecido que le estás a la vida.

– Sí, cierto, he tenido que morir para vivir – y sus ojos se llenaron de fuerza, de ser su propio súper héroe, de haberse rescatado así mismo. De empoderarse en la vida, que aunque dura es increíble.

Esa noche ya no había espacio para más aprendizaje. Ahora había que profundizar e interiorizar. Nos despedimos y nos fuimos a dormir. Era tarde.

No nos volvimos a ver. Cada uno siguió su vida nómada. Cada uno siguió sus pasos para seguir reencontrándose con uno mismo. Esa es la esencia del mochilero, agradecer lo que tienes cada segundo porque al día siguiente puede ser todo muy distinto. Pero pase lo que pase, no desesperes porque…. “Todo va a ir a mejor, siempre”.

 

 

 

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